Las tres hermosas princesas: una leyenda de la Alhambra de Washington Irving
Washington Irving y los cuentos de la Alhambra
En 1829, el escritor estadounidense Washington Irving (1783-1859) llegó a Granada y tuvo el privilegio de alojarse durante una temporada en la Alhambra. Fascinado por sus palacios, jardines y antiguas leyendas, comenzó a recopilar historias que mezclaban la tradición popular, la fantasía y el pasado musulmán de la ciudad.
Aquella experiencia dio origen a Cuentos de la Alhambra, publicado en 1832, una obra que contribuyó a despertar el interés internacional por Granada y su monumento más emblemático.
Entre sus relatos destaca «La leyenda de las tres hermosas princesas», una historia de amor, misterio y libertad ambientada en los últimos siglos del reino nazarí.
Te invitamos a descubrir esta leyenda, que todavía hoy parece esconderse entre las torres y los jardines de la Alhambra.
La leyenda de las tres hermosas princesas
Adaptación literaria basada en el relato de Washington Irving.
Las hijas del rey
Cuentan las antiguas leyendas de Granada que, muchos siglos atrás, reinaba en la Alhambra un monarca moro llamado Mohamed el Zurdo.
Era un rey poderoso, pero también desconfiado y celoso de cuanto consideraba suyo.
Durante una de sus expediciones conoció a una hermosa joven cristiana, con quien terminó casándose. De aquella unión nacieron tres hijas de extraordinaria belleza, a las que llamaron Zayda, Zorayda y Zorahayda.
Las tres princesas crecieron rodeadas de lujos, jardines perfumados y fuentes de mármol.
Pero su padre, temeroso de que algún día se enamoraran y abandonaran su protección, decidió mantenerlas alejadas del mundo.
Así, las jóvenes pasaron buena parte de su infancia en un palacio apartado, bajo la vigilancia de una vieja y astuta dueña llamada Kadiga.
Las princesas podían contemplar las montañas, escuchar el canto de los pájaros y pasear entre las flores.
Sin embargo, desconocían casi todo cuanto sucedía más allá de los muros de su residencia.
Y, aunque tenían cuanto podían desear, les faltaba aquello que más ansiaban: la libertad.
El regreso a Granada
Cuando las princesas alcanzaron la juventud, su padre ordenó trasladarlas a la Alhambra.
Durante el viaje atravesaron hermosos paisajes, campos cultivados y caminos que serpenteaban entre las montañas.
En uno de aquellos caminos se encontraron con un pequeño grupo de caballeros cristianos que viajaban prisioneros, escoltados por soldados del rey.
Eran tres jóvenes de noble apariencia, vestidos con ropas que todavía conservaban algo de su antigua elegancia.
Al pasar junto a las princesas, los caballeros levantaron la mirada.
Durante unos instantes, sus ojos se encontraron.
No hubo palabras.
Ni promesas.
Ni siquiera un saludo.
Pero aquel breve encuentro bastó para despertar en las jóvenes una emoción que jamás habían experimentado.
La mayor, Zayda, sintió que el corazón le latía con fuerza.
Zorayda bajó los ojos, ruborizada.
Y la pequeña Zorahayda permaneció largo rato mirando hacia el camino por el que habían desaparecido los caballeros.
Kadiga, que conocía bien los secretos del corazón humano, comprendió inmediatamente lo ocurrido.
Y sonrió para sí.
La torre de las princesas
Una vez en Granada, el rey instaló a sus hijas en una hermosa torre de la Alhambra.
Desde sus ventanas podían contemplar los jardines, las colinas y los tejados de la ciudad.
Allí transcurrían sus días entre bordados, canciones y conversaciones.
Pero las tres princesas habían cambiado.
Ya no encontraban el mismo placer en las flores ni en las fuentes.
Con frecuencia permanecían junto a las ventanas, mirando hacia los caminos.
Una tarde escucharon una melodía que llegaba desde los jardines situados bajo la torre.
Era una canción de amor.
Las jóvenes se acercaron a las celosías y descubrieron, para su sorpresa, que quienes cantaban eran los tres caballeros cristianos que habían encontrado durante el viaje.
Los jóvenes, retenidos en Granada, habían conseguido trabajar en los jardines cercanos a la residencia de las princesas.
Desde entonces, cada encuentro furtivo se convirtió en una pequeña celebración.
Los caballeros cantaban.
Las princesas escuchaban.
Y entre canciones, miradas y discretos mensajes fue creciendo un amor que parecía imposible.
El secreto de Kadiga
Kadiga conocía perfectamente lo que estaba sucediendo.
Había vivido lo suficiente para saber que ningún muro, por alto que fuera, podía impedir que dos corazones se encontraran.
Al principio fingió ignorarlo.
Después comenzó a facilitar pequeños encuentros y mensajes.
Los caballeros confesaron que deseaban recuperar su libertad y regresar a tierras cristianas.
Pero también declararon que no querían marcharse sin las princesas.
Las tres hermanas escucharon aquella propuesta con sentimientos encontrados.
Abandonar la Alhambra significaba dejar atrás su hogar, su familia y todo cuanto conocían.
Pero quedarse suponía renunciar al amor y continuar viviendo encerradas.
Zayda fue la primera en decidirse.
—Prefiero un camino incierto junto a quien amo que una vida entera contemplando el mundo desde una ventana.
Zorayda compartía sus sentimientos.
La menor, Zorahayda, permaneció en silencio.
Amaba al joven caballero que la cortejaba, pero también sentía un profundo cariño por su padre.
La idea de abandonarlo la llenaba de tristeza.
La noche de la huida
Finalmente, Kadiga organizó un plan.
Los caballeros prepararían caballos y provisiones fuera de las murallas.
Las princesas abandonarían su torre durante la noche y descenderían por un camino secreto.
Todo debía hacerse con rapidez y silencio.
Llegó la noche señalada.
La Alhambra dormía bajo la luz de la luna.
Las fuentes murmuraban entre los jardines y el viento movía suavemente las ramas de los cipreses.
Zayda y Zorayda estaban preparadas.
Llevaban pequeños cofres con algunas joyas y recuerdos de su infancia.
Zorahayda, en cambio, no conseguía decidirse.
Miraba una y otra vez hacia las habitaciones del palacio.
Pensaba en su padre.
En los años felices de su niñez.
En la tierra que estaba a punto de abandonar.
Sus hermanas intentaron convencerla.
Kadiga le recordó que aquella oportunidad quizá no volvería a presentarse.
Pero la joven comenzó a llorar.
—No puedo hacerlo —susurró finalmente—. Mi corazón desea partir, pero no tengo valor para abandonar a mi padre.
El tiempo se agotaba.
Los caballeros esperaban.
Y cualquier retraso podía ponerlos a todos en peligro.
Con enorme tristeza, las dos hermanas mayores comprendieron que debían marcharse sin ella.
Se abrazaron por última vez.
Después desaparecieron en la oscuridad, acompañadas por Kadiga.
Dos princesas encuentran la libertad
Guiadas por la vieja dueña, Zayda y Zorayda consiguieron abandonar la Alhambra y reunirse con los caballeros.
Los fugitivos montaron a caballo y emprendieron el camino hacia tierras cristianas.
Atrás quedaron las torres iluminadas por la luna.
Los jardines.
Las fuentes.
Y los muros que durante tantos años habían protegido y aprisionado a las princesas.
Cuando el rey descubrió la desaparición de sus hijas, montó en cólera.
Ordenó registrar los caminos y perseguir a los fugitivos.
Pero ya era demasiado tarde.
Las dos princesas habían logrado escapar y comenzar una nueva vida junto a los hombres que amaban.
La princesa que permaneció en la Alhambra
Zorahayda continuó viviendo en el palacio.
Su padre, al descubrir que había rechazado la oportunidad de huir, la colmó de atenciones y afecto.
Pero la joven nunca recuperó por completo su alegría.
Con frecuencia se sentaba junto a la ventana desde la que había escuchado las canciones de su amado.
Contemplaba las montañas lejanas.
Y recordaba aquella noche en que sus hermanas habían elegido la libertad.
Según cuenta la leyenda, su tristeza fue creciendo con el paso del tiempo.
Ni las joyas, ni los vestidos, ni las fiestas del palacio consiguieron devolverle la felicidad.
Finalmente, la hermosa Zorahayda murió consumida por la melancolía.
Y así, mientras dos hermanas encontraron el amor más allá de las murallas, la tercera permaneció para siempre unida a la Alhambra.
El recuerdo de las tres princesas
La tradición relaciona esta historia con la Torre de las Infantas, uno de los rincones más evocadores de la Alhambra.
Todavía hoy, quienes pasean por sus alrededores pueden imaginar a las tres jóvenes contemplando Granada desde sus ventanas.
Y quizá, cuando el viento atraviesa los jardines y las fuentes parecen murmurar antiguas canciones, resulte fácil comprender por qué Washington Irving quedó fascinado por las leyendas de este lugar.
Porque la Alhambra no es solamente un conjunto de palacios y fortalezas.
También es un lugar donde la historia y la imaginación continúan encontrándose.
La Torre de las Infantas: un rincón de la Alhambra
La Torre de las Infantas se encuentra en el recinto de la Alhambra y es una de sus construcciones más singulares.
Aunque su historia arquitectónica pertenece al periodo nazarí, la leyenda de las tres princesas forma parte de la tradición literaria que rodea al monumento.
Washington Irving convirtió esta historia en uno de los relatos más recordados de Cuentos de la Alhambra, una obra que sigue invitando a viajeros de todo el mundo a descubrir el lado más misterioso y romántico de Granada.
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Fuentes y referencias
- Washington Irving (1832). Cuentos de la Alhambra. Obra original en la que se incluye «La leyenda de las tres hermosas princesas».
- Patronato de la Alhambra y Generalife. Información histórica y patrimonial sobre la Alhambra y la Torre de las Infantas.
- Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Recursos literarios y ediciones de las obras de Washington Irving.
- Biblioteca Nacional de España. Catálogos y fondos bibliográficos sobre Washington Irving y la literatura romántica del siglo XIX.
El cuento publicado en este artículo es una adaptación literaria basada en la obra original de Washington Irving.
